TALLER DE COMUNICACIÓN

Con la comprensión de que el propósito de la “Escuela de la Vida” es recobrar la conciencia de Totalidad y Unidad y alcanzar la expresión plena del genio creativo, se adquiere una visión particular que nos permite trascender las contingencias de la existencia y entender la vida en soledad o en compañía, para sacarle el máximo provecho a las experiencias, sobre todo a las desagradables.

Cierto es que la dicha que buscamos fuera sólo puede ser encontrada y desarrollada dentro de nosotros mismos, y que al percibir la unidad y armonía interior podremos entonces, acercarnos a la develación del ser.

Sin embargo, constantemente somos impulsados a dirigir la atención hacia afuera, donde múltiples estímulos que nos fascinan y perturbaciones que nos tensan, suelen generar contrariedades y frustraciones que una tras otra simplemente nos conllevan a un mayor descontento, por lo cual actúan sólo para desviarnos en la búsqueda de alcanzar nuestro verdadero centro y paz interior.

Bien sea que nos encontremos en soledad o en compañía, solteros o en pareja, por disfrutar de las ventajas de cualquiera de las dos circunstancias, hay que pagar un precio. Toda situación en la vida nos ofrece unas ventajas y otras desventajas, propicia algunos logros y dificulta otros. Si se quieren los unos hay que saber aceptar también los otros.

El que se busca a sí mismo, el discípulo de la vida, aprende en cualquier circunstancia y se convence que la guía del Maestro no lo abandona en ningún momento. Puede llegar a encontrar en sí mismo la Unidad de su naturaleza dual y a hacer la síntesis de lo masculino y de lo femenino, de la personalidad y de la individualidad, de lo humano y de lo espiritual. Pero no basta encontrarlo en sí mismo, aislándonos en el regocijo de esa experiencia, pues ella no será completa mientras no sintamos la Unidad también con “el otro”.

Por ello, el primer paso de aceptación y amor es en sí mismo, antes de que podamos experimentar el gozo verdadero del amor al prójimo consumado en la fusión de los opuestos y la extinción de la personalidad del yo y del tú.

La convivencia con otro es una ocasión muy propicia para el autoconomiento, pues solemos ver en otros lo que no apreciamos en nosotros, o lo que no nos gusta de nosotros lo vemos claramente en el otro. Algunas veces, lo que sientes que te falta lo ves en el otro, ya que cada quién refleja la condición mental y espiritual del compañero. Todo ello adquiere una relevancia aún mayor en el caso de las parejas.

Una relación viva y vital es siempre propicia para que los coparticipantes experimenten toda suerte de confrontaciones, pues con el “querer” vienen los celos y las intrigas, con la armonía viene la desarmonía, con la unión, la separación, y con la excitación de sentirse a veces unidos viene una sorprendente sensación de extrañeza...

Ninguna relación puede ser totalmente satisfactoria; además, somos seres cambiantes en constante proceso de evolución, por ello toda condición es propicia para crecer, si se hace Conciencia. Aprovechar entonces esta relación para el crecimiento y la iluminación, requiere de una directa y responsable experiencia existencial de cada vivencia, en cada instante, y de cada sentimiento o reacción que genere uno en el otro.

En vez de rechazar a la persona con quien existe el roce, alejándonos o evitando el contacto, he aquí la oportunidad para permitir adentrarnos en todas las dimensiones del sentimiento y de la reflexión. Atravesar por todas las posibilidades de alegría, éxtasis y enriquecimiento mutuo, al igual que por el dolor, el enfrentamiento y la aniquilación... Experiencias todas necesarias para crecer.

Cuando se madura comenzamos a encontrarnos reflejados en el prójimo, a apreciar aspectos desconocidos de nuestro ser oculto y a reconocer cómo su presencia nos apoya para alcanzar la Totalidad.

Comenzamos apenas a experimentar el amor que existe más allá de la atracción, las afinidades y la sexualidad. A través de las renuncias del ego, por amor se asciende a una comprensión mayor, que tiende a honrar la individualidad única y original del otro.

Cuando conocemos a alguien, cuando alguien aparece en tu vida, es la oportunidad de un encuentro verdadero entre dos seres auténticos, o tan solo un chance para otro baile más de máscaras, un instante más no aprovechado para ser y vivir realmente en lo nuevo, en lo desconocido, en la inspiración y la creatividad.

Si cada uno de nosotros es único y especial, entonces cada encuentro también lo es. Debería ser muy significativo si procuramos hacer de ése un momento creativo y de enriquecimiento mutuo. Porque cuando comprendemos la Dimensión Espiritual, se reconoce que nada es casual. Así que este encuentro obedece a una necesidad de ambos, proyectada desde el Ser Real, aunque no estemos conscientes de ello.

Podemos menospreciar el encuentro y no pasar de una comunicación superficial e intrascendente o por el contrario, establecer un vínculo y darnos la oportunidad de aprender uno del otro. Cada vez que pasamos sin dejar huellas, morimos un poco; cuando descalifico a alguien, me estoy descalificando yo; cuando me niego a una experiencia, solo la postergo. Pero este momento y esta oportunidad no volverán jamás. Es ahora o nunca.